El negocio del bautismo necesita mentiras. No necesita declarar inocente a nadie, sino culpables de pecado a todos. Necesita hacer creer que el agua limpia algo más que el cuerpo.
Pero piensa: el agua no elimina la ignorancia. Puede quitar la suciedad o la sed, pero no elimina la ignorancia que el manipulador necesita para controlarte, obtener tu dinero y exigir tu obediencia.
Si Roma capturó el mensaje que antes persiguió, ¿por qué habría que creer que luego lo respetó? ¿Por qué asumir que lo transmitió fielmente, honrando la verdad y no sus propios intereses de poder?
Ni conocer a una persona ni mojarse con agua le quita la ignorancia que hace tropezar en pecados a los justos. Los falsos profetas guían a la gente a cometer pecados con engaños, la verdad destruye esos engaños.
Jesús no pudo haber dicho que él es la verdad.
Primero, porque la verdad es información; es un mensaje. Un hombre no es un mensaje. Un hombre es una criatura que puede transmitir un mensaje. Si ese mensaje es verdadero, entonces es ese mensaje —no el hombre— lo que libera.
Segundo, si Jesús hubiese afirmado literalmente que él es la verdad, no sería coherente sino absurdo. Y Dios no elige a un incoherente para ser su servidor. La libertad consiste en no doblar la rodilla ante nadie para rendirle honores.
Pero el Imperio romano no quería hombres libres. Quería hombres de rodillas: ante sus estatuas, ante sus representantes, ante su sistema.
Incluso dentro de la Biblia —aunque contenga añadidos del Imperio— hay pasajes que muestran la lógica de esto:
En Evangelio de Juan 8:32:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Esto es coherente: conocer la verdad libera.
No dice “conocerán a una persona y serán libres porque esa persona es la verdad”.
Si la libertad dependiera solo de conocer a un individuo, entonces bastaría verlo, sin escuchar nada, sin entender nada. Eso es absurdo. La libertad proviene del entendimiento del mensaje verdadero.
Sin embargo, en Evangelio de Juan 14:6 aparece:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Esa afirmación contradice el principio anterior. No apunta al entendimiento de la verdad, sino a la dependencia de una figura. Eso encaja más con un sistema de control que con un mensaje de liberación.
Entonces, ¿qué libera realmente del engaño?
Proverbios 11:9 lo dice claramente:
“El hipócrita con la boca daña a su prójimo; mas los justos son librados con la sabiduría.”
La sabiduría libera, no la idolatría.
Los justos —no los crédulos— son quienes pueden reconocer la coherencia de la verdad. Por eso en Libro de Daniel 12:1 se habla de la liberación de un pueblo específico: los que están del lado de la verdad.
Y más adelante, en Libro de Daniel 12:10:
“Los impíos no entenderán, pero los entendidos comprenderán.”
La diferencia no es ritual, es comprensión.
También en Evangelio de Juan 17:17:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”
La verdad es la palabra, el mensaje. No una persona.
Un hombre no es la palabra de Dios. Es, en todo caso, un mensajero.
Esto queda claro en Libro de Isaías 6:8:
“¿A quién enviaré?”
Y alguien responde: “Envíame a mí.”
El que es enviado no es el mensaje. Es el portador del mensaje.
Las mentes contradictorias no entienden.
Las mentes coherentes sí.
La calumnia produce contradicción. Y quienes viven de la contradicción —los injustos— no pueden reconocer la verdad. No la aman, porque no la soportan.
Por eso, como dice Libro de Daniel 12:10, los impíos no entienden.
Solo los entendidos comprenden.
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